Prefiero que sea en otoño,
con lluvia y campos floridos,
cuando las noches son largas,
y el sol pronto se ha escondido.
Cuando esté la mar serena
y negras rompan las olas
vertiendo sobre la arena
la espuma que les ahoga.
Cuando las almas en pena,
condenadas a estar solas,
salgan con la luna llena
hasta que llegue la aurora.
Me iré con esa esperanza
de que habrá lluvia en el cielo
y de que no muere el mar
mientras arroje el veneno.
Me iré a buscar esas almas
que cumpliendo su condena
quisiera yo visitarlas
por si aliviara sus penas.
Me iré pensando que el hombre
podrá cambiar el mundo…
que le valdrán sus errores
para utilizar valores
esenciales y profundos…
porque la edad fortalece.
Tengo la noche elegida
y la estación preferida
de un otoño que florece.
Implacable el tiempo pasa
y con él todo envejece…
hasta la muerte se crece
acortando la ventaja.
Ventaja de imaginar
el sueño del buen creyente,
al pensar que más allá
hay un cielo tras la muerte.
Ventajas para alcanzar
el perdón de los pecados,
por si logramos entrar
en ese cielo soñado,
ventaja para pensar
que si nacer es morir,
será un consuelo encontrar
un cielo que compartir.
No creo que existan condenas
de soledades e infiernos
ni creo en castigos eternos
para las almas en pena.
Como moriré dudando,
quisiera dejarlo claro
que pienso que deben ser
mis restos incinerados.
Que no quisiera morir
a un aparato enchufado.
Quiero un féretro ligero,
sencillo, que sea de pino,
que no pese demasiado
por si cargaran conmigo.
Me convertiré en cenizas
con mis órganos donados,
mis hijos, mi libro escrito
y mis árboles plantados.
Cuando me dejen ya solo
en cuatro tablas metido,
quedará mi cuerpo inerte
sin que sientan los sentidos.
Por eso escribo estos versos
con la fuerza de estar vivo,
para aliviar los temores
que a la muerte haya tenido,
para pedir que se arrojen
mis cenizas como os digo:
Será en un bello lugar
que ya lo tengo elegido,
de La Mata a Guardamar,
entre la mar y los pinos,
donde está la soledad,
que cuando voy a caminar
siempre se viene conmigo.
Es paisaje encantador
del cuadro que cada día,
con luz, sombras y armonía
sale a dibujar el sol.
Naturaleza en color,
que al amanecer ofrece
un marco de inspiración
que a las almas fortalece,
y en cortesía el oleaje
bien temprano se retira
y la arena de la orilla
tiende su alfombra al paisaje.
Todo invita a caminar
todo es poesía y color
y hasta las olas del mar
me invitan a conversar
como antaño sucedió.
Ya saben que fui marino,
que la mar me enamoró
y que a bordo de mi barco
charlábamos ella y yo.
Volveré a ser navegante
con mis cenizas al viento
y hablaremos como antes,
teniendo ya todo el tiempo.
El día que sople más fuerte,
de los puntos cardinales,
quiero que el viento del Este
me aloje entre los pinares,
entre azucenas marinas,
entre dunas y sarmientos,
sobre las arenas finas,
dominando en las colinas,
seré rosa de los vientos.
siempre podré contemplar
el sol y la luna llena
en su enorme majestad,
cuando solemnes se elevan
allá donde acaba el mar.
Cuando el mistral sea tan fuerte
que de la orilla os aleja,
juntos iremos enfrente
de mi pueblo, ¡Torrevieja!
Quiero arribar en sus costas
con mis cenizas disueltas,
para fundirme en sus rocas
y enraizarme entre sus grietas…
Cuanto arrecie un temporal,
ruego a la ola más alta
que rompa y lance mi alma
al espacio sideral…
Por si encontrara la paz
entre el silencio y la calma
prefiero que sea en otoño,
con lluvia y campos floridos…
no tengo prisa en llegar,
ni en que lleguen mis amigos.
Miguel Aráez Suárez